Con el fin de las vacaciones, llega así, sin ningún preámbulo, el tan repudiado marzo, un mes que nos ataca por todos lados.
Y con él viene el estrés del pago de los permisos de circulación, la patente del auto, con su consabida pasada por la maldita revisión técnica -fila incluida, de al menos dos horas-; hay que contratar el bus escolar o ver como compatibilizar los horarios laborales con los del colegio; tenemos que comprar las listas de útiles, los uniformes; llegan las levantadas temprano, el traer y llevar niños a actividades extra programáticas, las reuniones de apoderados; debemos ponernos al día en la oficina, cumplir con las nuevas metas propuestas, y así volver a ser la súper woman que somos, como lo escribí una vez en otra columna.
En marzo todo vuelve a ser lo mismo. Retomamos nuestra rutina, nuestros horarios, nuestros happy hours con las amigas (lo que no es malo), nuestras labores domésticas, nuestras obligaciones laborales, nuestros compromisos sociales, nuestra amada y abnegada labor de madre, nuestras idas semanales al supermercado, las tardes de estudio con nuestros hijos, etc.
A mí, el solo hecho de pensar en lo que me espera me tiene mentalmente agotada. Las caminatas por la orilla de la playa se cambian por las filas de los bancos, y las horas en la oficina sentadas frente al computador. Pero eso no es lo peor. Lo más triste es recordar cuando estábamos tiradas de guatita al sol, solo preocupadas de ponerles bloqueador a los niños y que no les faltara alguna entretención para que no nos molestaran en nuestro merecido descanso anual.
Sí chicas, lamentablemente el tiempo se pasó volando. A mí me cuesta convencerme, aunque por otra parte me gusta la estabilidad, la rutina. Además que soy una mujer urbana y necesito el ruido, el movimiento rápido de la ciudad, incluso extraño hasta los tacos en las calles. Echo de menos tener que andar arreglada, porque en las vacaciones nos relajamos un poco, no estamos tan preocupadas de la facha, si al fin y al cabo, son vacaciones. Pero después de tanto tiempo de andar con zapatos bajos, con ropa más holgada, sin maquillaje a diario, se extraña. O quizá a mí me gusta mucho la cuestioncita glam.
Aún así, reconozco que con marzo encima estamos jodidas, porque entramos en una vorágine de la que no podemos zafar. Sin darnos cuenta es Semana Santa, llega el conejo de Pascua; después el día de la madre, del padre; de repente estamos en julio y pensando cómo entretenemos a nuestros hijos esas dos semanitas; de ahí, un paso más y llegó el 18 de septiembre; luego Halloween y cuando termina ya tenemos la antesala de la Navidad y el año nuevo, y se acabó el año. ¡¡¡Ufff!!! ¡¡¡Paren el tren de la vida que me quiero bajar!!! ¡Va muy rápido!
Ahora, si le buscamos el lado positivo, debemos saber que según el calendario chino éste es el año del caballo, un año que según explica debiera ser positivo, aunque lleno de cambios. Y como correremos a toda velocidad, es necesario tener un buen jinete. Pero bueno, ese es tema para otra columna.
En fin amigas, démosle un buen comienzo a este año, ¡éxito en todo para todas!
Bienvenido estrés, bienvenidas las responsabilidades y preocupaciones, bienvenida la rutina… Y querido veranito, a tí no me queda más que darte las gracias por los lindos recuerdos que me dejaste este año… ¡nos vemos en enero del 2015, si Dios así lo quiere!