¡Qué ganas de volver el tiempo atrás!

Hace un par de días asistí al concierto de Bon Jovi, entusiasmada por escuchar esas canciones que en mi adolescencia me hacían enloquecer. Sí, esa música que a través de los recuerdos te llevan en un abrir y cerrar de ojos a otra época, a otros momentos y que te permiten finalmente volver al pasado por una noche y ser feliz sin preocupaciones, una vez más.

Todas las que tengan treinta y tantos me van a entender. ¿Quién no cantó enamorada el hit romántico Always, y escuchó a todo volumen en un walkman Living on a Prayer? ¿Cuál de todas nosotras no soñó con que ese chico que nos encantaba nos cantara al oído I´ll  Be There For You? ¿Y Never Say Good Bye? Cuando bailaste tu primer lento al son de: “(…) remember when we lost the keys, and you lost more than that in my backseat, baby (…)” ¡Qué recuerdos chicas! ¡Fuimos muchas las que perdimos más que llaves en un asiento trasero! Ninguna describe mejor esa época de nuestras vidas. Y tantas otras más…

¡Cuántos suspiros nos sacó Bon Jovi! El, con su tremenda facha que conserva hasta el día de hoy (con harto Botox, eso si), pero con los mismos movimientos de de antaño, aunque hayan pasado 20 años desde la primera vez que lo vimos. ¡Y tantos más! Bret Michaels de Poison y sus ojos celestes que mataban, Axel Rose con sus bailes sensuales y su trasero de antología…  ¡Esos eran los hombres que nos hacían delirar!

¡Que rápido pasan los años! ¡Qué rápido ha pasado la vida! ¡Pero qué buenos tiempos vivimos en nuestra niñez y adolescencia! Cuando todo era más fácil, sin complicaciones. Cuando se trataba sólo de vivir…

¿Quién no extraña la infancia? Correr a pies pelados por la casa sin pensar que nos podríamos resfriar. Ser felices solo jugando, riendo, siendo solo eso… niños.

En mi época se jugaba a saltar el elástico, al tombo, al semáforo, al luche, a la botella, a la pieza oscura, a la pinta, a las bolitas (que dicho sea de paso nunca aprendí a jugar bien y siempre perdía)… ¡¡¡El gallito ciego!!!, ¿se acuerdan? El clásico ring raja… y todos corriendo rápido para molestar a la vecina pesada del barrio. ¡Qué maravillosa la infancia! Revivir esas mega construcciones que armábamos arriba de árboles, abajo de las mesas… eran las feroces chozas y cuarteles, donde pasábamos horas divirtiéndonos junto a nuestra mejor aliada… la imaginación.

¡Era muy entretenido ser niños en aquellos tiempos! Jugar a las escondidas por toda la casa buscando el mejor lugar para escondernos, andar a caballo arriba de las escobas… ¡incluso hacíamos las mejores bandas de rock con ollas, sartenes y cucharas de palo! No necesitábamos un iPad, una tablet o un Play Station, ¡éramos felices con cosas simples!

Y éramos libres… jugábamos toda la tarde con nuestros amigos del barrio sin temor alguno, podíamos andar en bicicleta en la calle y no corríamos ningún peligro… eran otros tiempos. ¡Nos sentíamos felices con tan poco, pero que nos llenaba tanto!

¡Qué tiempos aquellos cuando nuestro máximo estrés se producía ante una prueba sorpresa! O cuando la mamá nos retaba por no comernos toda la comida. No existían angustias, ansiedades, preocupaciones o depresiones. No existía el bullying, a lo más, te trataban de 4 ojos por usar lentes, pero no era algo tan traumante.

¿Recuerdan cuando nos juntábamos los fines de semana toda la familia, los tíos, abuelos, y lo pasábamos increíble, escuchando las historias de las “grandes” que en esos tiempos si compartían con los niños, porque pareciera incluso que hasta ellos eran más felices, más simples? O cuando jugábamos todos los primos juntos y no pedíamos nada más, solo que no llegara la noche para no tener que ir a dormir.

No existían los celulares, y no sufríamos sin internet, simplemente escribíamos cartas a nuestros amigos y pintábamos dibujitos y corazones… Si hasta recibíamos tarjetas de cumpleaños de papel que traía el señor del correo (hoy solo trae cuentas y notificaciones, ¡pobres ellos!, ya nadie espera su llegada).

No había televisores en todas las piezas así que nos reuníamos en familia, todos juntos a ver algún programa. Soñábamos con ser superhéroes como She-ra o He-man. Yo, no me perdía ninguna película de Elvis Presley, o los capítulos del auto fantástico, o la Isla de la Fantasía e incluso el Festival de la Una, o Sábados Gigantes y el clan infantil. ¡Qué época más linda!

¡Qué ganas de tener ocho, diez años de nuevo! Ser inocentes, no ver la maldad en nada ni en nadie, no saber lo que es la muerte, no sentir lo que es el dolor, el sufrimiento; tampoco tener la preocupación constante de ver cómo llegamos a fin de mes, el deber de pagar cuentas, asumir responsabilidades,  tener que ser siempre una superwoman, o un sostenedor económico… ¡Qué ganas de ser sólo niños!

Luego empiezas a crecer, y descubres la realidad. Ves que existe el egoísmo, la avaricia, el ego, la envidia, la autodestrucción, la tristeza; te das cuenta que siempre puedes tocar más y más fondo, que puedes sentir más dolor.

Hoy vivimos en un mundo de estrés, no disfrutamos los momentos, la vida se nos pasa tan rápido que no valoramos lo que tenemos y a veces nos inmolamos por cosas que no valen la pena realmente tener.

Pero a pesar de todo, tenemos un tesoro en nuestro vida que nadie nos podrá quitar: nuestros recuerdos. A través de ellos, de lo que nos enseñaron, tenemos que aprender a encarar nuestra vida, con el cuerpo de un adulto pero el alma de un niño y vivir de nuevo intensamente; amar con el corazón, besar apasionadamente, ser felices, demostrarles, siempre, a los que amamos, cuan importantes son en nuestro mundo…

Tomemos como filosofía de vida esa frase de nuestra amiga Candy que tantas veces cantamos siendo niñas: “(…) si quieres reír, descubre la alegría de soñar un mundo de aventuras sin igual (…)”