La otra vez conversaba con una amiga trasandina y fui relacionando cosas que para mí, hasta ese minuto no tenían sentido. Y de repente sentí que estaba siendo protagonista de una gran revelación: los monitos que llegan a nuestro país son una especie de manipuladores de mente y sentimientos. ¡Sí, chicas! Aunque no lo crean. Y les daré ejemplos para que se espabilen ustedes también.
Resulta ser que en otros países de Sudamérica, como por ejemplo Argentina, no veían los mismos dibujos animados que nosotras; es más, ni los conocían. Ellas veían programas donde las mujeres eran power, féminas a la par con los hombres, mujeres todo poderosas… y por eso tienen una mentalidad tan distinta a la nuestra, ¡esa es la explicación!
En el país trasandino veían Mazinger Z con Afrodita: si a las minas les molestaba algo, con una teta le arrancaban la cabeza a los pelotudos. She-Ra por su parte, la compañera de He-Man -con quien luchaba a la par, de igual a igual-, sacaba una espada para defenderse y se quedaban todos los hombres calladitos o huían despavoridos muertos de miedo. Y acá nosotras sufriendo con Candy, que no sabía que quería en la vida, que un pololo se le moría, que el otro se le iba, que buscaba eternamente a su amor.
Las chicas del país vecino veían Los Pitufos. En esos monos, la Pitufina, la única mujer, podía elegir entre todos los minúsculos azulines, porque todos estaban muertos de amor por ella. ¿Y ella? ¡No pescaba a ninguno! Todos babosos por la estrella, y la muy chora no estaba ni ahí. Ése era el mensaje que recibían desde pequeñas las otras chicas. Allá les enseñaban a ser fuertes, no como acá, que nos hablaban solo de un supuesto príncipe azul.
Yo creo que definitivamente a este país llegaron versiones distinas de todos los cuentos tradicionales, películas y monos animados. Acá veíamos La Cenicienta, la chica abnegada que limpiaba, lavaba, atendía a sus hermanastras, que era amiga de los ratones, etc., etc., etc. Y estoy segura, más que segura, que La Cenicienta en Argentina… ¡hasta tenía nana!
Acá llegaban las historias de amor y sufrimiento de Disney, donde a La Caperucita Roja todo le asustaba: el lobo, el bosque oscuro. Y finalmente el lobo se comía a la Caperucita, a la abuela, a la canasta entera con los queques, ¡todo! Lo más probable es que en otros países disfrutaron la otra versión de Caperucita, la real, en la que… ¡ella se comía al lobo, y bien comido! Y habría que averiguar si el cazador tendrá aún un par de pantaletas rojas en su haber… ¡vaya una a saber!
Acá La Bella y la Bestia era de dolor y llantos por amor, y terminaba cuando Bella besaba a la Bestia para que se convirtiera nuevamente en príncipe, que obvio, a estas alturas, ya sabemos que no existe. En cambio fuera de nuestros límites territoriales, apuesto todo a que la Bella le daba un beso a esa Bestia, que no solo NO dejaba de serlo, sino que se transformaba en la “media bestia”, grande, musculosa, fuerte; y así los dos terminaban revolcándose a destajo. ¡Cualquiera querría una bestia así! ¿¡Para qué transformarlo en un compuesto principito!?
Nosotras crecimos con Heidi, una niña de cachetitos rosaditos, ¡saaana la niña! Ella vivía en las montañas con su abuelito, y tenía un amigo, Pedro, que le ayudaba a cuidar las ovejas. En el país del lado, me enteré según cuentan por ahí, que la versión era completamente distinta: la Heidi no era tan pura y casta, pues se iba al monte y se agarraba a Pedro bien agarrado, ¡y el abuelo juraba de guata que la niña cuidaba a las ovejitas! ¡Pobre abuelitoooo!
¿Y Blancanieves? La pobre tonta limpiando la casa de los siete enanos; cocinándoles, lavándoles la ropa, haciéndoles el aseo, ¡hasta tortas les preparaba a esos chicuelos! En cambio en el país de los bife de chorizo y medialunas, Blancanieves debe haber sido una diosa, que tenía esos siete enanos a sus pies, que la adoraban y la llenaban de lujos y regalos; que trabajaban sin parar para que “Blanquita” fuera feliz; que tenía nana puertas adentro y afuera, chofer, cocinera, y ella era la que mandaba, pues en esa casita del bosque, se hacía lo que ELLA decía.
¿No les dice algo esto chicas? Crecimos en una mentira; nos engañaron, nos censuraron los monitos para que fuéramos las tontas pelotudas que esperan eternamentene a un príncipe azul que no existe. ¡Nos lavaron la cabeza con estos dibujos editados! Y como no existía internet, no sabíamos que venían transformados, al punto tal que lo que veíamos era muy distinto a lo real, ¡típico de un país machista y conservador! Por eso nos mostraban puras historias mamonas, nada que ver a lo que de seguro se veía en otros países del mundo, donde la mujer siempre se las pudo y estuvo a la par del hombre.
Así que chicas, no sigamos fomentando esta fantasía; no criemos a nuestras hijas de la misma forma. Las mujeres no somos unas tontas desvalidas que necesitan de un príncipe salvador para ser dichosas. Nosotras somos capaces de vivir sin un hombre al lado, y podemos ser igual de exitosas e incluso más felices. Girl Power!!!