Hoy sentí ganas de parar el mundo y dejar de ser parte de él; sentí ganas de bajarme del tren de la vida, ese tren que no para, y no importa lo que pase, sigue su camino sin preocuparse de a quien va atropellando en su trayecto. Hoy sentí ganas de retroceder el tiempo, y volver a ser un óvulo, sí, volver a estar en el útero de mi madre, ese lugar seguro, tranquilo, donde nada ni nadie puede herirte…
Hoy es uno de esos días en que me siento cansada, sin fuerzas para seguir, y lo peor es que no puedo ni siquiera darme el gusto de rendirme, no puedo porque soy madre y mis hijos están ante todo, y por ellos, solo por ellos, no puedo sacar mi bandera blanca y pedir una tregua, un poco de paz, ni menos descansar.
Parece que aún cuando una quiera que todas las cosas se den de la mejor forma posible, aún cuando una ponga lo mejor de su parte, la carga se hace muy pesada. Y porque lamentablemente tenemos corazón, las decepciones son grandes, y la palabra “esperanza” desaparece de nuestro vocabulario, y así nos tiramos con los brazos abiertos al sufrimiento. Y así recibimos golpe tras golpe, sin poder levantarnos, y nos cuestionamos, ¿cómo cresta volver a ser fuerte?, ¿cómo dejar de sufrir si sigue lloviendo sobre mojado?
Y vuelve la idea de parar, de quedarte inmóvil, con tu cabeza que está a punto de estallar con miles de ideas, miles de consejos, miles de preguntas sin respuestas, miles de respuestas sin fundamentos, miles de argumentos sin sentido… Y quieres estar sola y tranquila. Pero no puedes, tienes que seguir, como sea, avanzar, pues darte el lujo de retroceder no es una opción, aún cuando las piernas te tiemblen, aún cuando tirites de miedo, aunque ya no te queden lágrimas, y tu corazón ya sea de piedra, ¡debes seguir!
Entonces avanza, sigue aunque duela; continúa, pues los momentos malos, aunque parezcan inacabables en algún minuto van a terminar; sigue dándole pelea a la vida, y no retrocedas… ¡ni siquiera para tomar impulso!