Qué compleja se torna la vida de una mujer soltera o separada, pero principalmente adulta, luego de estar mucho tiempo sin compañía. La soledad se convierte en una de nuestras mejores amigas y aliadas, aunque otras veces también sea la más cruel. Y por estar acostumbrada a ella, a nuestras mañas y manías…que llegue de pronto alguien a perturbarla, ¡suena para nosotras aterrador!
Porque igual nos gusta estar solas, nos acomoda; nos hemos habituado ya. Tenemos el control de nuestra vida, disponemos absolutamente de nuestros horarios; en resumen, somos dueñas de nuestro tiempo.
Podemos hacer lo que queramos, y cuando queramos. Tenemos la libertad de elegir a quien vemos, con quien nos juntamos, sin tener que darle explicaciones a nadie. Podemos juntarnos con todas nuestras amigas sin que nadie nos recrimine que una es loca, la otra peladora, y la otra suelta; al fin y al cabo es nuestro problema la elección.
Podemos cantar esas canciones de karaoke que tanto nos gustan sin que nadie nos quite el micrófono; ver lo que queramos en la televisión porque el control remoto es nuestro. Podemos viajar sin límite de tiempo, ni de lugar; sin presiones ni caras largas, sin tener que “pedirle permiso” a nadie.
Podemos hacernos ese tatuaje que tanto queríamos sin tener que ser “autorizadas” por nuestra pareja, porque a el no le gustaban. O ponernos ese aro en la nariz que puede verse tan adolescente, pero que siempre quisimos. Podemos teñirnos el pelo rubio platinado o negro azabache porque se nos antojó.
Podemos fumar, tomar y reír hasta que se nos acaben las ganas, porque somos dueñas de nuestro espacio. Nadie nos controla, no nos dirige, ni nos presiona.
Somos libres como un ave, tenemos nuestro propio nido, y ningún halcón nos atemoriza. Es maravillosa esa sensación de libertad.
Pero por otra parte, es también cierto, que muchas veces es desgarrador ver como van pasando los años sin darnos ni cuenta; como pasa la vida frente a nuestros ojos, y sin esperarnos. Es triste a veces, asumir esta soledad.
¿Y los fines de semana que los pequeños se van con el papá? Sí, es un descanso, eso es cierto; pero cuando no hay panorama con las amigas y llega la noche y tienes que dormirte sola, porque no hay nadie que te de un beso también da pena. ¿Cuántas veces nos hemos quedado dormidas llorando, cuestionándonos por qué nos pasó esto a nosotras?
¿A cuántos cumpleaños, fiestas, matrimonios hemos ido solas? ¿Cuántas veces hemos necesitado la compañía de alguien, y en vez de tener una pareja a nuestro lado, han estado nuestras amigas y sus maridos? Y nos pasan a buscar y a dejar para que no andemos solas a altas horas de la noche. ¿Cuántas veces hemos inventado excusas para no asistir a alguna parte en donde todos estarían en pareja, menos nosotras?
Aún así, las mujeres somos power y todo lo superamos, eso es verdad. Tenemos esa fuerza interior que nos obliga a salir adelante, a poner la otra mejilla, a levantarnos, a superar las adversidades, adaptarnos a cualquier situación.
Pero esto implica también un lado negativo, y es de ponernos mañosas, en todo sentido, con un nivel mínimo de tolerancia, especialmente con los hombres que se cruzan en nuestro camino. Nos molestan sus olores, los pelos de más o la falta de ellos, la imposición de horarios, la poca seriedad y criterio, la debilidad, la cobardía, el exceso de trago, la falta de entusiasmo y tiempo, que no les guste bailar, y tantas cosas más. Si vamos a resignar todo eso, es porque queremos sentirnos princesas, no plebeyas de nuevo.
La vida ya nos ha tocado suficientemente complicada como para darnos el lujo de aguantar tonteras a esta altura. La paciencia que nos queda está reservada para nuestros hijos, no para otro hombre.
Además, que hemos perdido la esperanza en muchos aspectos, la inocencia en otros. Ya no somos tan crédulas, cuesta que nos convenzan. Sabemos ya, que nadie será capaz de hacer lo incapaz por nosotras. Por eso nos cuesta mucho dar segundas oportunidades. Ya no soñamos con el príncipe azul, y nos hemos dado cuenta que el amor eterno solo existe en los cuentos de Disney. Hemos descubierto con el paso del tiempo que estar sola es muy difícil, pero no imposible. Sí, ¡nos convertimos en hijas del rigor! Pensar en comenzar de nuevo ¡uf! Transar, ceder, hacer pactos… No queremos volver a vivir lo mismo.
Somos mujeres, y como tales solo necesitamos amor, contención, sin que eso implique perder nuestra libertad, esa que tuvimos que asumir a costalazos; esa que nos impusieron, que nos costo lágrimas de sangre, pero que finalmente aceptamos y aprendimos a querer. Ya salimos airosas de una batalla y no vamos a perder lo que hemos ganado. Y eso, debemos saberlo, no cualquier hombre se lo banca. No cualquier macho aguanta a una treintona o cuarentona, soltera o separada, autosuficiente, con mochila sí, pero asumida y mantenida por nosotras.
Y con mañas, y manías que nos ha ido dejando la vida. Y si alguien no es capaz de asumir esa realidad… chicas, ya lo sabemos, ya lo vivimos… ¡estar solas no es tan malo! Sólo hay que saber aprovecharlo y equilibrarlo.