Mi reencuentro con la fe en la vida (y en el amor)

Cuando me invitaron a pescar al sur de Chile, lo primero que se me vino a la mente fue: “agua, frío, sin señal de teléfono, ni wifi, sin celular, a siete horas de la civilización…mmm, ¡esto no va a resultar!”

Siendo muy honesta, como pueden ver, le tenía cero fe. La idea de ir, no me convencía; es más, encontré que era la invitación menos romántica que me habían hecho en mi vida; de hecho, me pareció súper egoísta que un hombre invitara a una mujer absolutamente urbana como yo, a un lodge (un tipo de hotel pequeño), a pescar con mosca. Pero como igual me gusta conocer cosas diferentes, partí a perderme entre los cerros, y a vivir la experiencia de estar desconectada de todo, ojo, de TODO por cuatro días. ¿Qué hizo esta mujer ultra moderna en el fin del mundo? Pues bien, les voy a contar.

Comencé esta odisea al sur de Chile, solo con las ganas y la esperanza de que al menos, fuera un viaje entretenido (la buena compañía estaba asegurada). Llegamos al lugar que nos cobijaría, un lodge (hasta ese viaje jamás había escuchado esa palabra), en Llanada Grande, a siete horas por tierra desde Puerto Montt. Cero urbanización en un entorno maravilloso.

El famoso lodge era un lugar precioso, comodísimo; su personal muy atento, cariñoso y empático, gente sureña. Leo, el dueño, que además era el guía, ¡un crack! Un hombre absolutamente apasionado por lo que hace, comprometido dedicado, aperrado a full, y adrenalínico a morir; tanto que a veces daban ganas de desenchufarlo y ponerlo en “modo avión”, para que le bajaran un poco las revoluciones. Pero no había caso, él quería que viviéramos esta experiencia a pleno, que disfrutáramos intensamente estos cuatro días, y así fue.

Llegamos el jueves al medio día. Desempacamos, nos cambiamos de ropa, y a las cuatro de la tarde ya estábamos metidos en donde comienza el Río Puelo (esto es, encima de la cordillera, limitando con Argentina). Y cuando digo “metidos” en el río, es literal; estábamos con el agua hasta la cintura, pescando truchas con mosca (¡me hubieran visto! Yo, la “sex & the city”). Una experiencia que jamás me imaginé vivir. Rodeada de truchas y salmones que se paseaban libremente, que saltaban y nos miraban sorprendidos.

Después llegamos de vuelta al lodge, congelados, pero extasiados con esta actividad recreativa. Pero el día no terminaba ahí. Le tocaba el turno a la Pipa (una especie de jacuzzi rústico), con agua hirviendo de vertiente. Ahí estuvimos los dos, por horas conversando de la vida; analizando como las cosas simples pueden hacernos tan felices, y que muchas veces, por la vorágine de la rutina y el ritmo cotidiano, uno no ve; reflexionando cómo cada cosa llega en su minuto, cuando realmente tiene que llegar; cómo cambia la vida de dos desconocidos en tan poco tiempo, solo por encontrarse; filosofando acerca del amor, del destino y sus designios, y de lo afortunados que éramos por estar ahí, juntos, solos, disfrutando de la naturaleza y… de los dos.

Al otro día nuestra travesía siguió: pesca con mosca, pero esta vez en el Río Manso. Vi los salmones más grandes que he visto en mi vida, y Leo, nuestro guía, no nos dejó comernos ninguno. ¡Pescamos todos los días y no comimos ni un cuarto de pescado! Yo me imaginaba esos Chinook gigantes (una variedad de salmón), crudos con un poco de soya o limón; pero me tuve que conformar con verlos nadar felices a mi alrededor (de eso se trata la pesca como deporte recreacional, dejar nuevamente los peces en su hábitat).

Al tercer día amanecimos con una lluvia feroz, ¡qué mejor para no hacer nada (o al menos nada dentro de un río)! Entonces aprovechamos para ir a conocer una cascada maravillosa, comer, dormir siesta, estar “echados” en un sillón frente a la chimenea regaloneando y luego, nuevamente a la Pipa para seguir conversando. La Pipa se convirtió en una especie de confesionario, el lugar ideal que logró sacarnos las máscaras, las defensas del día a día, para hablar desde y con el alma.

Al cuarto día, en motos de cuatro ruedas nos aventuramos por entremedio de árboles milenarios, caminos de tierra, con ovejas, patos, chanchos, carneros, caballos, pavos reales, y jabalíes. Así llegamos a la Laguna Azul, un lugar soñado, con aguas transparentes, donde al mirar a tu alrededor podías notar lo insignificantes que somos frente a la majestuosidad de la madre naturaleza (y la tenemos en el sur de nuestro país).

Finalmente llegó el momento de volver a la realidad. Se había acabado el “modo avión”, las responsabilidades nos esperaban. Y si bien las mini vacaciones habían llegado a su fin, la experiencia en el lodge Llanada Grande me había llenado el alma, cautivado profundamente, y superado todo lo que yo esperaba. Fue lejos el mejor lugar para estar full desconectada, cerca de la naturaleza, disfrutando de un entorno maravilloso en el sur de nuestro país; y además un lugar para abrir el corazón, conversar sin límite de tiempo, sin obligaciones, sin interrupciones, ¡un lugar para dejarse querer! Y yo me dejé querer (estaba bueno ya).

Volví feliz porque me di cuenta lo afortunada que soy. Y que a pesar de que a veces una sienta que ya no hay esperanzas, la vida nos sorprende con algo que nos tiene preparado solo para nosotras. Y la mía me tenía este hombre maravilloso. Esta vez los astros conjugaron a mi favor, y en estos cuatro días volví a tener fe en el amor, a creer nuevamente que una siempre puede ser feliz, que la vida sí es aquí y ahora, y que el universo sí nos da más oportunidades. Y para encontrarlas, solo debemos quitarnos las armaduras y abrir nuestro corazón.