Camina primero en mis zapatos…

Es fácil criticar al resto. Es fácil juzgar y mirar la paja en el ojo ajeno. Es fácil menospreciar. ¿Pero acaso sabemos qué llevó a esa persona a actuar de tal o cual forma? ¿Conocemos las razones que tuvo para hacer lo que hizo o decir lo que dijo? No. Pero es más fácil criticar, pelarningunear y tirarla a partir, ¿verdad?

Todos hemos cometido errores, la hemos “embarrado” en algún minuto de nuestras vidas, porque nadie esta libré de caerse y meter la pata. Lo importante y valioso es poder levantarnos y aprender de esos errores.

Y como bien dicen por ahí, “antes de criticarme, ponte mis zapatos”. Y es bien cierto, porque creo que si alguien no conoce tu historia, no sabe de tus pasos, entonces no puede ni debe juzgarte. Si no han estado nunca en tu lugar, ¿con qué propiedad pueden recriminarte por como actuaste en tu vida?

Sí, es verdad. Hay veces que cometemos el mismo error, no una, sino mil veces y nos volvemos a caer. Y la gran mayoría de “amigos”, “cercanos”, esos que creíamos que siempre estarían en las buenas y en las malas, en vez de levantarte y apoyarte, le echan más leña al fuego para prender más el carbón. Pues es más fácil mirar y enjuiciar desde la vereda de enfrente, sin saber los motivos que nos llevaron ahí. Es más simple criticar antes que apoyar, contener o incluso preguntar para tratar de entender.

Cada acción de nuestras vidas tienen una razón, un por qué, una justificación, una circunstancia. Nada es al azar. Pero no todos se dan el tiempo de analizarlas. No saben que quizá actuaste por amor, por dolor, por despecho, por desesperación, o porque quizá era tu única opción, el único camino que te quedaba, o que al menos tú veías como posible para recorrer.

Y así te vas dando cuenta que solo aquellos que realmente te quieren estarán cuando los necesites. ¿El resto? ¡El resto no importa amiga! Que hablen lo que quieran, que piensen lo que quieran, una no puede pasarse la vida explicándolo todo.

Yo en mi vida he dado mil oportunidades, he pecado por amor, me he caído muchas veces tratando de creer, y lo seguiré haciendo. Pero hay algo que tendré absolutamente claro: quien quiera juzgarme sin conocerme, que lo haga, pero que tenga la certeza que no me importará. Podrán ver como me arrastro de dolor, o como me río de felicidad. Y quien me conozca de verdad, quien sinceramente me comprenda, me tenderá una mano, me dará una oreja para escuchar y un hombro para llorar. Para el resto, sépanlo, no tengo tiempo ni ganas.