Que esto nos tiene mal a todos, si, nos tiene mal.
No quería escribir una columna pesimista, y en el fondo estoy tratando de que no lo sea, pero esta situación país, y a nivel mundial, a mí me tiene al borde de un colapso.
Imagínense que me desvelé y a las 00:50 de la madrugada como no podía dormir, me senté frente al computador a hacer lo que mejor (según yo), se hacer, escribir.
Hice mi sesión diaria nocturna de meditación mindfulness para conciliar el sueño, y nada. Lo cambié como 3 veces, lo escuché en español (de España), luego me hablaba una vocecita centroamericana, que no pude descubrir de dónde era, y finalmente terminé escuchando a Deepak Chopra en inglés, y nada, no hubo caso. El desvelo era más grande. Así que me di por vencida.
Es tan difícil lograr concentrarse en estos días, por más que trato de poner la mente en blanco y solo meditar, no puedo. Se me pasan 500 cosas por la cabeza, buenas, malas, positivas, negativas, alentadoras, pesimistas, de todo lo que se les ocurra, esto del encierro definitivamente me tiene un poco loca.
Entre tanta cosa que a una le da vueltas por la cabeza, y más en una noche de desvelos, yo me di cuenta, y reconfirmé que la vida de casa no es lo mío, o sea, sí, me encanta estar en mi casa, cocinar, jugar con mis niños, reubicar muebles, no sé, redecorar, pero por opción propia, no por una obligación impuesta. No porque estas por ley obligada a estar 24/7 por más de 100 días confinada en tu hogar, eso no me gusta nada.
Definitivamente, vuelvo a reiterar mi admiración total a todas esa mujeres que son amas de casa y lo disfrutan. A mí la verdad me cuesta. Es más, no hay nada que deteste más en la vida que esa preguntita; ¿y que vamos a almorzar hoy? Pffff, me mata, la odio. Porque la verdad es que ya no sé qué más hacer. Tengo los menús agotados, el arroz ya me sale por los poros, ya parezco china, el puré me tiene aburrida, la carne también, estoy a punto de hacerme vegetariana. Si no vuelven los asados con familia y amigos pronto empezarán a cambiar mis hábitos alimenticios. El fin de semana hice panqueques rellenos con pollo, espinacas y crema, otro día hice salmón al horno con papas a la crema, y punto. No me dió para pensar para el feriado, así que comimos todas las sobras de los días anteriores, me rebelé, me tiré a huelga y no cocine nada.
Hoy hablaba con otra de mis amigas, y le decía que me muero por volver a estar sentada en un café, tomándome un té o un jugo, conversando de cualquier estupidez y viendo gente caminar, eso hoy me haría muy feliz. Imagínense, cosas tan simples como ir a una plaza, salir de la casa sin estar asustada porque se te va a vencer el permiso y tienes que correr de nuevo a tu casa, tomarte un café en la calle, caminar libre, salir a comprar flores a la caserita de la calle y que este ahí, ir al banco y no demorarte 4 horas por la fila eterna, son cosas a las que antes no les tomábamos el peso, y hoy pucha que se extrañan, cosas tan simples que hoy nos recuerdan que estamos encerrados, presos en nuestras propias casas y no sabemos hasta cuándo.
Este confinamiento obligado, esta Coronovida me tiene cansada. Ya no sé qué hacer.
Hago deporte, cocino, estudio con mi hijo chico, juego cartas con la grande, trabajo en el computador, escribo, hasta caí en el club de los en vivo, me atraparon los Live de Instagram, pero no logro adaptarme ni acostumbrarme a esta vida de encierro.
¿Qué más tenemos que vivir?, digo yo.
Llevamos más de 100 días de encierro, y no veo salida a esta situación.
Veo cómo los matrimonios discuten, a veces por tonteras, y después están obligados a arreglarse porque estamos todos con los sentimientos ahí, a flor de piel, más sensibles, más impacientes, más angustiados, más estresados, entonces, no podemos pelear con nuestra pareja, hay que contar hasta 100, y tratar de hacernos la vida lo más grata posible. DE otra forma es invivible.
Nuestros niños también están aburridos del encierro, hasta extrañan el colegio o el jardín. Preguntan por sus amigos, y que cuándo los verán, ¡vaya a saber una!.
Veo abuelos deprimidos, abuelas tristes por no poder ver a sus nietos más que a través de una pantalla de celular, y a hijos y nietos angustiados por no tenerlos cerca, preocupados de que se cuiden, de que no se contagien, estando lejos de ellos solo para que estén bien, pero, ¿quién puede estar bien sólo?.
Nos hemos perdido cumpleaños, o los hemos pasados de largo, hemos cancelado celebraciones del día del padre y de la madre, ya no tenemos salidas a comer con amigos para desahogarnos y desestresarnos de la vorágine de la semana y de la vida misma, tampoco tenemos los asados de domingo en familia, hoy no queda nada de eso, sólo vivimos de los recuerdos y de en el fondo saber, que algún día volveremos a encontrarnos.
Estamos sumidos en un confinamiento, viviendo esta coronavida, donde no sabemos que nos dirá el gobierno y las autoridades mañana. Sí, ¡que sí!, que ayer bajaron los números así que nos liberarán, pero, ¡no!, nos encierran una semana más para seguir evitando contagios.
Hoy vivimos de recuerdos, de nostalgia, de ilusiones, de esperanza, vivimos una realidad que no es real. Y perdónenme por mi honestidad, pero yo, estoy chata. Estoy cansada. Pero a pesar de eso, como somos madres, como tenemos padres, como tenemos trabajo, como estamos sanos, tenemos que ser agradecidos, y seguir viendo el vaso medio lleno, con una sonrisa de oreja a oreja.
Así que chicas, ánimo que esto no será eterno, repitan conmigo; esto no será eterno!!
Ya vamos a salir, y nos volveremos a encontrar, como dice Carlos Vives:
“Cuando nos volvamos a encontrar, ya no habrá tiempo para tristes despedidas, no habrá un instante que no adore de tu vida, no habrá una tarde que no te pase a buscar, cuando nos volvamos a encontrar”…
Un abrazo,
Faby.