Del pololeo al matrimonio: cómo cambian los hombres

¿Qué las mujeres cambian cuando se casan? ¿Y los hombres? ¿Porqué nunca se habla de eso? ¡Es increíble ver esa transmutación!

Mientras estamos pololeando, o de novios, la relación es espectacular en todo sentido. Por ejemplo. Les encanta vernos arregladas, lindas, maquilladas, minas. Se les infla el pecho cuanto salen con nosotras y estamos topísimas, bien producidas. Les seduce que nos vistamos bien, nunca las polleras y vestidos son muy cortos ni el escote es demasiado pronunciado, siempre nos ven bellas y estupendas. Cero crítica.

No les molesta que tengamos amigos, no hay problema si queremos ir a un happy hour con nuestras amigas. ¿Y la hora de llegada?, jamás es tema. De hecho, encuentran que nuestras amigas son simpatiquísimas y todas, sin excepción, les caen bien. Nuestras familias, uffff, encantadoras, nada que decir.

Durante el pololeo el sexo es increíble y frecuente, 3 veces a la semana por lo menos. Salir a bailar, tomarnos un traguito es para ellos el mejor carrete. Ni hablar de ir al cine a ver una comedia romántica, ¡también lo disfrutan! Compran las cabritas y las bebidas.

En el pololeo todo es maravilloso, lo vivimos como jóvenes despreocupados, y por sobre todo, felices. Lo terrible viene después del: “Sí, acepto”. Les haré una breve síntesis de la metamorfosis que sufren los hombres. Son como las mariposas… pero en proceso inverso, es decir, quedan convertidos en una vil oruga.

Escotes y polleras o vestidos cortos, ¡prohibidos! Somos mujeres casadas, se supone que no tenemos que andar mostrando nada por ahí, ya que eso es propiedad privada ahora. ¿Ponernos ropa corta y ajustada? ¡O sea! “¿Cómo tan desubicada? ¡Mira como te ven los hombres, eres una mujer comprometida y madre por favor!”

¿Nos sale algún rollito, ése que antes podría haber sido motivo de bromas y jugueteos? Ahora, después del ‘hasta que la muerte los separe’, los muy patudos te mandan al gimnasio. ¿Ellos no se ven en el espejo? Porque el paso de los años afecta a todos por igual, déjame decirte.

¿Happy hour con las amigas?, ¡o sea!. “¡¿No eres feliz conmigo que tienes que estar viendo a tus amiguitas siempre?! ¿Y porqué no se juntan acá mejor? ¿Tiene que ser en un lugar público? ¿Y a qué ahora vas a llegar? ¡Tu ya no eres soltera, así que llega tempranito!” Si logramos poner un pie fuera de nuestra casa, nos dejan 50 whatsapp para “saber si estás bien” (¡seguro!, ni que tuviésemos diez años). Algunos más obsesivos nos piden que les enviemos la localización y otros, lo que es peor, nos acompañan. ¡Valor!

Y viene al tiro el temita de la selección de amistades. “¿La vas a ver a ella? ¡No me gusta que te juntes con esa mujer! Ella anda solo carreteando, tu no estás en su misma onda, tu eres una mujer casada!”  Y hacen que esta última palabra termine retumbando por horas en nuestra cabeza.

¿El sexo? JA-JA-JA. Hay que conformarse con una vez a la semana con suerte. “Pucha, es que estoy cansado, tuve mucha pega hoy, y además ahora van a dar el partido, ¡po!”

¿Salir a bailar? “¡Ah noooo, que lata! ¿Y si hacemos un asadito acá mejor e invitamos a un par de amigos?”  Y nos lo dicen sin inmutarse, con esa cara de: “gordita, no estás bien, tienes que hacerte ver, mira las tonteras que estás proponiendo”. Y una termina por cuestionarse si vive en una dimensión paralela.

¿El cine? “No, ¡qué fome! ¿Más encima película romántica? ¡Olvídalo! ‘Te saco’ al cine, pero vemos Rápido y furioso, u otra de acción… y compra las entradas por internet porque no voy a hacer la fila. ¡Ah!… olvídate de las cabritas, ¿para qué vas a comer eso? Tienes que cuidarte, sino vas a engordar.” ¿Se dan cuenta? ¿De qué estamos hablando?

La familia, la bella familia. ¿Hoy? “¡Qué lata almorzar con tus papás de nuevo! ¡Todos los domingo lo mismo!” Atroz.

La pichanga que antes se podía transar, ahora es imposible. ¡No pues! El fútbol de la liga con los amigos no se lo pierden por nada del mundo. Y después de eso, llegan todos los amigotes a nuestra casa, y una termina encerrada haciendo ensaladas para el equipo completo y lavando platos. ¿Nos preguntaron si habría algún problema? Jamás.

Del Facebook, Whatsapp, Messenger, Instagram y Twitter ni hablar. Si antes nunca les había molestado, después de casados, son peor que la PDI. Nos preguntan, o mejor dicho, nos interrogan por cada amigo que tenemos, e insisten en que no es necesario estar tan conectada, ¿para qué? ¡Hay que tener privacidad!

¡Y anda a salir con el y tomarte una copita de más! Caos total. Lo mínimo que nos dicen es desatinadas, pues “siempre hay que mantener la compostura. La mujer del César no solo debe serlo, sino también parecerlo”. Y nosotras ni sabíamos que nos habíamos casado con un tal César.

Chicas, el matrimonio es una bella etapa en nuestras vidas, pero hay que aceptar que a pesar de que históricamente nos culpen a nosotras, no solo de andar con el vestido de novia en la cartera, sino que además de volvernos brujas después de casarnos, ellos, los hombres, sufren la mayor transformación que se podría ver desde el homo sapiens. Definitivamente, saquémonos la venda de nuestros ojos. Nunca volverán a ser los del pololeo. Quizás el cambio no se produzca el primer día después de la noche de bodas, o el primer mes, pero definitivamente sucederá.

Y esperen el minuto cuando llegan las guaguas. Pero mejor no bajonearlas más, así que eso, se los cuento en otra oportunidad.

 

¿Qué otros cambios han notado ustedes chicas en los hombres cuando se casan?