Súper woman

Ser mujer y poder cumplir con todos esos roles que tenemos y que cargamos sobre nuestra espalda es digno de admiración. Y más aún cuando debemos hacer esa pega solas. Es que sí, muchas veces necesitamos tener un hombre al lado, no para que nos solucione las cosas – ciertamente en ocasiones las complican aún más-, sino para que nos de un poco de contención, o al menos un hombro por último donde apoyar la cabeza. Pero a muchas de nosotras, la vida nos niega ese respiro.

Para los hombres es todo fácil, no se complican por nada; claro, es simple verlo desde la otra vereda, especialmente si son separados, es decir padres puertas afuera. Qué sencillo que es en tal caso no tener responsabilidades domésticas, que el trabajo de los niños sea un par de días a la semana.

A las mujeres deberían hacernos mínimo un monumento, o un altar, porque a veces, muchas veces, ¡pucha que es difícil cumplir con todos lo que se nos exige y más encima tener las obligación de hacerlo excelente!

Partiendo por ser una gran madre. Desde temprano en la mañana, madrugar, vestir niños, preparar desayuno (con su respectiva pelea diaria para que lo tomen), luchar contra cepillos de dientes, duchas y peinetas. Mientras ocurre todo este terremoto mañanero, obviamente hay que encontrar un par de minutos para poder arreglarse una también y así ir a la pega. Luego nuestro auto se transforma en furgón escolar para depositar a cada pollo en su corral, sea universidad, colegio, jardín o sala cuna. Y con la mejor cara y estado de ánimo, porque, claro, queremos ser ¡las mejores mamás!

Obviamente el tiempo nunca nos alcanza para terminar de arreglarnos nosotras mismas en casa, así que el tema de maquillarnos lo dejamos para nuestro viaje. Y es así como nuestro auto pasa a ser un salón de estética integral. Mientras manejamos nos encrespamos las pestañas, aplicamos la base, el rubor, el infaltable tapa ojeras (que dicho sea de paso, ninguno hasta el momento, al menos para mi, cumple bien su función), un poco de máscara de pestañas y brillo labial. Tampoco alcanzamos a peinarnos antes de salir, entonces aplicamos peluquería express con la peineta de muñecas que se olvidó nuestra hija en el auto, y así quedamos como nuevas. Reina y figura hasta la sepultura, porque también eso chicas, ¡tenemos que vernos minas!

Llegamos a nuestro trabajo, y pasamos las horas entre en computador, la impresora, la firma de cheques, proveedores, llamadas telefónicas, planillas y un sin fin de cosas, porque siempre, siempre, hay pega acumulada… y como si el tema de ser mamá ya no fuera harta preocupación, en nuestra pega, también se supone que ¡tenemos que ser las mejores!

Luego de terminada la jornada laboral volvemos a nuestro auto-furgón y, ¡a recoger niños se ha dicho! Así comienza la locura vespertina, entre clases particulares, doctores, entrenamientos, la nana que llama a última hora diciendo que falta algo en casa (nótese que siempre falta algo en todas las casas) y que hay que pasar de una carrerita al supermercado. Y ahí figuramos nosotras, al mejor estilos Schumacher, corriendo por los pasillos del super con el carro de compras contra el reloj (porque algún niño está saliendo de algo y hay que buscarlo). Y sí, sólo faltaba pan, pero aún así terminamos con el carrito lleno para que no haya que volver mañana, aunque nuestro subconsciente nos dice que esto da lo mismo, igual algo, algo faltará. No importa, aquí estamos, con la mitad de nuestro maquillaje a esta hora del día, pero, ¡somos las mejores dueñas de casa!

Llegamos a nuestro dulce hogar, y cuando pensábamos que ya era hora de descansar, ¡no!, comienza la tortura de revisión de mochilas, tareas, recortes, pruebas, y a estudiar. En mi caso particular, estoy entre la tabla periódica con la mayor (me pregunto, ¿a mí para que me sirvió estudiar esa tabla?) y aprendiendo a leer por tercera vez en mi vida con el menor. Ahí nos convertimos en las: ¡súper profesoras!

¿Y creen que ahí terminan nuestras “responsabilidades”? No amigas. Si ustedes son mujeres, bien saben que para eso falta mucho de la jornada aún.

No hay día en que nuestra mamá, papá, o hermanos no nos pidan un favor. Y ahí estamos, al pie del cañón, dispuestas a cumplir con los requerimientos de nuestros amados. Ya sea partir corriendo a la farmacia a comprar un remedio de último minuto o buscarles algo en internet, (definitivamente es un tema para nuestros padres que luchan contra la tecnología, y por más que uno les explique mil veces no entienden, o ¿será que no quieren entender para evitarse ellos la pega?) Pero sí, ¡somos las mejores hijas y hermanas! Así que a apechugar con las necesidades de todos ellos.

Y no sabemos cómo, pero llegó la hora de comer. A los niños generalmente no les gusta nada, entonces, después de haber probado unos tres menús, ahí tenemos que estar como guardias esperando que no dejen ni un tallarín en el plato, para que se alimenten bien y puedan crecer sanos y felices. Ahora cada uno a la ducha y si son pequeños, a hacerlos dormir. Volvemos al rol de ¡súper mamás!

Recién a esa hora y si nos quedan energías, vamos al gimnasio. Tarde, lo sé, ¿pero en qué otro minuto podemos hacerlo, especialmente las que trabajamos todo el día? Y ahí estamos de nuevo, sacrificándonos más, pues claro, tenemos que estar regias, estupendas, apolíneas, guapas, siempre lindas y felices, más aún si estamos separadas, solteras, viudas o divorciadas; una no se puede dar el lujo de andar toda desastrosa por la vida, ya que la mochila que tenemos a cuestas es pesada, y si a eso le sumamos que nos vemos como Cenicienta (pero antes del baile), o sea, cero opción de encontrar ese príncipe azul que soñamos y que nos dará, creemos nosotras, esa ansiada contención emocional que tanto anhelamos.

A la vuelta del gimnasio, agotadas del running (no solo de esta última hora sino de todo el día), no falta la amiga que te llama con crisis existencial, y ahí tenemos que correr ¡a esa hora! a prestar oreja a nuestra partner en problemas. No nos olvidemos que también somos una ¡súper buena amiga!

A estas alturas ya llegó, si es que lo tenemos, nuestro amado, llámese pololo, concubino, conviviente o pareja y, fíjense que casualidad chicas, el también necesita tiempo, nuestro tiempo. Entonces recargamos energías de no sé donde para cumplir con  el papel de buena pareja. Si ‘el lolito’ quiere salir a comer, a tomarse un traguito, o si anda ganoso, tenemos que ser también las mejores en eso, ¡ser excelente amante y mujer!, porque hay que rendir y en todo. Y pobre de nosotras que estemos cansadas, no, eso no se transa. Para los hombres el cansancio=no sexo no es válido. No entienden que a veces no es que no queramos, sino que simplemente no podemos, porque no nos da el cuero. Pero, como debemos ser las mejores en todo, ahí estamos, y casi siempre apechugamos igual.

Ufff… Llegó gracias a Dios y todos los santos, la hora de dormir, aunque más no sea, un par de horitas. Si… mañana será otro día, con la misma rutina o incluso más intensa aún, pero otro día.

¿Ven chicas? Somos hiper-mega-extra-súper mujeres. ¡Qué súper héroes ni que ocho cuarto! ¿Cuándo van a hacer un monito que nos identifique a nosotras con todos nuestros poderes? Pues no hay fémina en este mundo que no merezca lo mejor, ya que todas, todas, somos una Súper Woman.

 

Chicas, ¿ustedes también son una SÚPER WOMAN? ¿Cómo lo hacen?