Cómo te va mi amor…

El sexo era increíble, la pasión y el cariño lograban fusionarse y fundirse en el más puro amor. Eran la pareja ideal, cómplices ante todo, una relación soñada pero imposible de mantener en el tiempo pues… eran amantes.

Y lo fueron por mucho tiempo, a escondidas; dejándose seducir por la lujuria, la pasión, por el amor, por todo lo que tenían en común. Jugando al juego más peligroso que hay, amarse sin control; pero limitados por la realidad externa que hace que lo prohibido no pueda ser para siempre, aunque atraiga mucho más.

Ellos fueron dichosos, se sentían plenos, hasta que todo término.

Pasaron los años, ella rehizo su vida, se casó, tuvo hijos; el siguió con su matrimonio, pero ninguno de los dos pudo olvidar a quien marcó su alma y piel en aquella época. La historia entre ellos quedó inconclusa y sabían, lo presentían como lo hacen las almas gemelas, que el destino los volvería a juntar.

Parece un párrafo sacado de una novela, pero no es así, la realidad supera muchas veces a la ficción.

Una pareja de amantes se vuelve a encontrar, inesperadamente, 15 años después del último adiós. Y fue como cuando se conocieron, el destello de amor en sus ojos seguía latente, aunque todo había cambiado.

La vida había continuado para ambos. Y sí, ninguno había muerto de pena por amor. Habían llegado los nuevos hijos, los conocidos ya estaban más grandes. Mismo trabajo, amigos de siempre, todo seguía su curso. Ya sabemos que el tiempo no se detiene, que no para porque alguien se quiera bajar del tren.

Pero se encontraron ahí, de frente, en la entrada de una tienda, y no supieron qué hacer. ¡Qué encuentro más inesperado! Se quedaron sin palabras, pero no hicieron falta, solo basto esa mirada para que ambos se dieran cuenta que el amor seguía ahí, que a pesar de todo no se habían podido olvidar, que no importaban los años, la vida entera, pues nada ni nadie había sido capaz de borrar esa pasión tan grande que hubo entre los dos.

El tiempo, claro, no había pasado en vano; ya no existían los temores ni las aprehensiones del pasado. Habían crecido, habían madurado, las heridas incluso habían sanado. Pero cuando hay química entre dos personas, cuando se han amado locamente, cuando el fin fue solo puntos suspensivos, cuando no hubo desacuerdos, ni peleas, ni distancias programadas… no se puede ignorar u odiar ese pasado.

¡Qué sorpresas da la vida sin siquiera prepararte para enfrentarlas! Te reencuentra cruelmente con el amor de tu vida, 15 años después, probándote; dándote una bofetada de sinceridad, cuando creías que con el tiempo lo habías logrado superar, y te enrostra en tu propia cara, que no es así. Ahí estás tu, parada, inmovilizada, sacando fuerzas de cualquier parte para no lanzarte a sus brazos y decirle que has esperado toda la vida por el. O quizá para salir corriendo a perderte, arrancando desesperada de tu gran verdad: que nunca pudiste volver a amar así, a nadie más. Y te preguntas si caerías nuevamente, si serías capaz de involucrarte en lo mismo, con todo lo que eso implica, si podrías en este minuto revivirlo todo… ¿Qué hacer para no terminar rendida a sus pies?

¡Que situación contradictoria! No puedes más de la felicidad de verlo nuevamente, pero estás angustiada. Vuelven a tu mente todas esas preguntas que te hiciste una y mil veces en estos años… por qué no se la jugaron, por qué no lucharon para mantenerse juntos, por qué fueron tan cobardes. Qué hubiera pasado si las cosas no hubiesen seguido su curso normal… Te cuestionas si fue, realmente por su culpa, que nunca te volviste a enamorar; si lo que el vive hoy en día, es solo en base a conformidad; si es feliz; si realmente te amó.

Los dos acordaron una vez alejarse porque no era sano para nadie, sólo estaban dañando a quienes los rodeaban; pero su ausencia te vació el alma…

Mirándolo nuevamente te das cuenta que nunca has dejado de amarlo, que ese trato, ese estúpido pacto de alejarse, solo sirvió para que pasara el tiempo y ambos pudieran seguir según las convenciones que dicta la sociedad; pero el sentimiento es el mismo. Al menos tu, no dejaste de extrañarlo a diario, lo recordaste en cada canción, reíste en su nombre, brindaste en su honor, luchaste contra el ímpetu de llamarlo. Y tuviste que aprender a vivir sin el, tuviste que aprender a querer a otro hombre, tuviste que conformarte con los recuerdos por el bien de la familia, de tu matrimonio, por el entorno, porque no podías dejar todo por el y arrancar de tu destino…

¿Cómo enfrentas una situación así? ¿Qué se dice, qué se calla? ¿Qué estará pensando el? Notas su sonrisa, esa misma que te cautivaba; ves sus ojos que también buscan respuestas, desesperados. Lo conoces, lo conoces muy bien. Hueles su aroma, sí, ese que despertaba tus instintos… y los despierta una vez más.

Y mientras tu te preguntas una y mil veces todo esto, de pronto, el leyendo como siempre lo que dicen tus silencios, te toma las manos con ese roce tan familiar que te hace estremecer y te dice: “Tampoco he dejado de amarte. No hay un solo día de mi vida en que no piense en ti…”

Y tu te vas a la mierda… ¿Por qué ahora, tantos años después? ¿Será que el destino es tan cruel que hace que la felicidad llegue tarde a nuestras vidas? O quizás el tiempo necesita cerrar sus capítulos y los vuelve a poner a ambos frente a frente, para tomar de una vez por todas, la decisión perfecta, que yo, sinceramente, no sé cuál es.