El conejito no solo trae chocolates (ojeras y dolores de cabeza también)

Ya estamos en Semana Santa, tiempo de reflexión, de tranquilidad, de paz y de disfrutar en familia. Para los cristianos es una época de introspección absoluta que comienza con la Cuaresma, luego viene el Domingo de Ramos y termina con la Pascua de Resurrección y… la esperada llegada del conejo con los huevitos de chocolates para los más pequeños de la casa… ¡Y esa sí que es una osadía para nosotras las mamás, que convierte este domingo en todo, menos en paz y tranquilidad!

Se acaba la compra de los uniformes y en un abrir y cerrar de ojos ya es Semana Santa. Las góndolas de los supermercados se llenan de chocolates de todos los tipos, en forma de conejos, cuadrados, redondos, zanahorias de chocolate, además de las canastas, peluches y todo para decorar por doquier. Todo para que ese día domingo, nuestros amados niños despierten y queden sorprendidos, estupefactos, impactados, rendidos ante la llegada del maravilloso conejo que hizo la mega producción y dejó el hogar plagado con sus huevos de chocolates. ¡Magia pura para ellos!

¡Si supieran lo que tuvimos que hacer nosotras, que de magas solo tenemos la escoba, para conseguir esto, los días previos! Porque no es solo llegar y comprar los chocolates, ¡¡¡noooo!!! Nosotras programamos, organizamos y planeamos minuciosamente cómo será todo.

Hay que ir al supermercado, elegir los chocolates que le gustan a cada uno (relleno o hueco, lights para no engordar o de chocolate macizo, de tal o cual marca, etc.). ¡La cuestión es complicarnos la vida! Después hay que seleccionar la canasta adecuada, con la disyuntiva si le ponemos la viruta o no, pues después nosotras seremos quienes la tendremos que recoger en cuatro patas por todas partes.

Llegamos a casa cual misión imposible, escondidas para que los querubines no descubran el tesoro que nos costó horas seleccionar en el supermercado. Encontramos el escondite perfecto, ni mucho calor para que se derritan, ni mucho frío para que estén muy duros.

Ahí comienza la tarea de pensar cómo sorprenderemos este año a los niños, que ya, a decir verdad, no son tan niños, pero que igual  mantienen la ilusión, así que ¡un esfuercito más! Así llega la noche previa al Domingo de Resurrección, y hay que hacer vigilia. No por un tema religioso, ¡qué va!, solo para esperar que los “niñitos” adorados se duerman. Pero ellos están full ansiosos con la llegada del conejito y no se duermen nunca.

Finalmente, cuando a ningún integrante de la casa le queda un mínimo de energía, nosotras tenemos que comenzar la producción, la ornamentación, la ambientación de la pasada del famoso conejito. Ponemos huevos por aquí, conejos por allá, la viruta (sí, la bendita viruta repartida por nuestra casa), chocolates escondidos en las plantas, colgados de las lámparas, peluches repartidos…o sea, transformamos en 30 minutos nuestra casa, en el hogar de Bugs Bunny, y a esa hora, tipo tres de la mañana nos vamos a dormir muertas de cansadas.

El tema es que a las ocho, sí, a las ocho comienza el griterío: “Mamaaaaaaaaaaaaaaa… levántateeeeee. Pasó el conejito, ¡miraaaa!, ayúdame a encontrar los huevitos”. Ellos dichosos, eufóricos, y nosotras con las ojeras hasta el suelo. Nos levantamos, buscamos los huevitos, y limpiamos la misma viruta que pusimos horas atrás, pero que ya esta esparcida por todos lados. Y así comienza un día, que probablemente terminará con algún niño en cama, con dolores estomacales por la cantidad de chocolate que consumió y nosotras, despiertas otra noche entera, otra vez en vigilia, pero esta vez aguardando que se recupere.

Pero no importa, eso es parte de ser mamá. Todo sacrificio vale cuando ves la sonrisa de tus hijos, que creen gracias a que nosotras convertimos todo en algo mágico. Así que chicas, ánimo, somos mamas, y si hay que ser conejos, ¡conejos seremos!

¡Feliz Pascua de Resurrección para todas!