Ser madre

Cuando yo era chica lo único que quería era crecer. Yo quería ser grande para ser feliz, para trabajar, para mandarme sola, pero sobre todo para ser mamá. Y seguramente, a muchas de ustedes también les pasó algo similar.

Y bueno, sin quererlo, buscarlo o esperarlo cumplí 18 años, entré a la universidad y quedé embarazada. Tuve a mi hija a los 19 años; tuve una niña, siendo yo misma, una niña. Y tuve qué aprender a ser mamá, porque a mí nadie me enseñó.

Me dolieron los pezones al amamantar porque nadie me advirtió que había que prepararlos durante el embarazo. Me dio mastitis, ¡un desastre todo al principio!

Me pasaba las noches en vela, entre pañales, mudas, papas, y observándola dormir, tocándole el pecho para ver si respiraba, aterrada por una posible muerte súbita, asustada de que le pasara algo, buscando incansablemente protegerla siempre.

No obstante ese día, ese 15 de agosto de 1997, cuando me convertí en mamá, mi vida cobró otro significado. Esa pequeñita que acunaba en mis brazos fue el descuido más lindo que me regaló el universo. Sí, porque ser madre es lo más hermoso que le puede suceder a una mujer, es la proyección lógica de cada una de nosotras.

Antes no conocíamos este verdadero amor. Jamás imaginamos que podríamos sentir por alguien esto tan grande que nuestros hijos nos provocan. Es un amor inconmensurable, que crece a diario con cada sonrisa, con cada lágrima, con sus primeros pasos, sus palabras…bellas palabras de amor y gratitud hacia nosotras. Y así me sigue ocurriendo día tras día. Siempre seré una enamorada de mis hijos.

Para una madre nunca hay límites. Una mamá es capaz de hacer por un hijo desde lo más cuerdo y esperable, hasta lo más irracional e impensado; una es capaz de hacerlo todo. De ahí el dicho, “madre hay una sola”.

Ser madre es ser casa, guarida, refugio, hogar; es ser el lugar más seguro para nuestros hijos. Por algo los incubamos en nuestro vientre por nueve meses, porque no hay lugar más resguardado para ellos que nosotras mismas, que nuestro amor.

Ser madre es ser el colchón, almohada, mantita, porque cuando son bebés duermen sobre nosotras, se cubren con nuestros brazos. Y cuando van creciendo los van necesitando para caminar cada uno de sus pasos.

Ser madre es ser más allá de una misma, incluso dejar de ser, para asumir mil roles y papeles que nunca en tu vida creíste que serías capaz de cumplir. Es ser enfermera, doctora, nutricionista, chef, y hasta sicoanalista. Sí, porque somos las que curamos sus heridas. De pequeños, los rasguños, las caídas de las bicicletas, las peladuras de rodillas. Ahí estamos nosotras “sana, sana, potito de rana”, y nuestras palabras son mágicas, y nuestras caricias el mejor analgésico que puede existir.

Y luego cuando crecen, los contenemos durante horas cuando han tenido una pelea con algún amigo, o han sufrido alguna decepción amorosa. Claro, las ganas de matar al infeliz que la o lo hace sufrir nos sobran, pero aún así nos mantenemos estoicas, orientándolos, escuchándolos, a su lado incondicionalmente, siempre.

Ser madre es sostener, calmar, enseñar, proteger, cuidar, abrigar, contemplar, entretener, retar, alimentar, jugar, ayudar, regalonear, querer, guiar, pero por sobré todo ser MADRE es amar… Es dar amor sin límite de tiempo, de lugar ni de espacio; es adorar de una forma incondicional, ese cariño del bueno, ese amor puro, amor eterno.

Ser madre amigas, es el mejor regalo que la vida nos puede dar. Por eso hoy quiero desearles un feliz día a mi amada madre, a mi hermana, a mis tías, a mis amigas y a todas las madres que conozco y las que no conozco también y se merecen lo mejor. ¡¡¡Feliz día queridas MADRES!!!

Quiero aprovechar también de dejarles un poema que atesoro profundamente. A mí me lo regalaron cuando nació mi hija, hace casi 17 años; hoy se los regalo a ustedes para que lo compartan con otras mujeres-mamás.

Cuenta la leyenda que un angelito estaba en el cielo, cuando Dios lo llamó y le encomendó una misión. Con dulce voz le dijo: “Tendrás que ir a la tierra y nacer como los humanos; serás un pequeño niño y crecerás hasta llegar a ser un gran hombre”.

– Espantado el angelito preguntó: “Pero Señor, ¿cómo haré para vivir tan pequeño e indefenso, quien me cuidará?” – Entre muchos ángeles escogí uno para ti que te está esperando y te cuidará. El te va a cuidar toda la vida, será tu ángel guardián”.

– “Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso me basta para ser feliz…” – “No te preocupes, tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz. El te amará más que a nadie en el mundo. Tu serás su razón de vivir”.

– “¿Cómo entenderé lo que la gente habla si no conozco el idioma de los hombres?” – “Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar”.

– “¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?” – “Tu ángel juntará tus manitos y te enseñará a rezar”.

– “He oído que en la tierra hay hombres malos, ¿quién me defenderá?” – “Tu ángel te defenderá a costa de su propia vida. Será capaz de dar su vida por ti”.

– “Pero estaré triste ya que no te veré más”. – “Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado durante todo el tiempo que estés entre los hombres”.

El angelito empieza a escuchar las voces que venían de la Tierra y atemorizado y con lágrimas en los ojos, dice… “Dios mío, dime por lo menos el nombre de ese ángel que me cuidará.”

Y Dios le responde: “Su nombre no importa. Tú le dirás… MAMÁ.”