Una amarga derrota: las penas del fútbol se pasan… pero ésta, ¡Con nada!

El sabor de la amargura futbolera nos pegó a todos por igual. Todos tuvimos fe, todos vibramos con cada gol y con cada victoria que logró la selección chilena. Y cuando pasamos a octavos de final, la dicha era máxima. Pero una vez más, el destino nos tenía preparado algo distinto, no lo que merecíamos. Hombres y mujeres por igual, sentimos el mismo dolor frente a la eliminación de Chile en este mundial.

Teníamos todas nuestras esperanzas puestas en estos 23 jugadores, en estos 23 guerreros. Pero el destino, el cruel destino quiso otra cosa. No nos quedamos por juego, no nos quedamos por ambición. Nos dejaron en el camino por designios que nadie comprende, porque el marcador marcaba 1 para Brasil y 1 para Chile cuando Alexis Sánchez igualó el marcador, y a los 120 minutos del alargue, cuando se cumplía el tiempo reglamentario, Mauricio Pinilla dio un tiro certero al arco que pegó justo al borde del travesaño, y por tres centímetros, solo tres centímetros… no fue gol. Y todo un país se fue a la cresta.

Ése hubiera sido EL gol que marcaría un hito; el gol que haría historia; que cambiaría la maldición de no poder ganarle a Brasil. Hay que tener los huevos para pararse frente a 50 mil brazucas, con la adrenalina al 1000%; eso no lo hace cualquiera.

Fue un juego duro, un duelo de titanes, un partido donde Chile mostró la tremenda garra que tiene. Jugaron dándolo todo. Tuvimos a Gary Medel luchando casi todo el partido con un desgarro de ocho milímetros; un “pitbull” que se negaba a salir de la cancha, ¡un gladiador!

Ver a Neymar, la gran figura brasileña, de rodillas en la mitad de la cancha llorando y pidiéndole a Dios, rogando por un error de Chile para clasificar, fue increíble. Y luego leer comentarios de jugadores brazucas alabando y venerando a nuestra selección, es algo que no tiene precio.

Fuimos superiores frente a los pentacampeones del mundo. Fuimos más dentro de la cancha y fuera de ella, porque pese a los 52.000 brasileños apoyando a su país, nuestros apenas 5.000 compatriotas sumaron más, cantaron más fuerte y nunca dejaron de apoyar a nuestra roja.

Las imágenes de esos 11 jugadores jugando, no solo con todo el cuerpo sino con el corazón, quedará plasmada en el recuerdo de muchos. No hubo colores políticos, no hubo clases sociales, todos unidos por el mismo sueño: llegar a ganar la esquiva copa mundialera.

Y sí, hay que decirlo, fue una eliminación injusta. Esta sí indudablemente fue una derrota, una desolación completa. Quedamos devastados, pero somos chilenos y nos volveremos a poner de pie. Chile no ganó la copa, pero ganó el respeto y la admiración de todo el mundo. Y eso nos llena completamente de orgullo. ¡Viva Chile mierda!