Todas hemos soñado con una vida de princesas, vivir en un castillo maravilloso, eternamente enamoradas de nuestro príncipe encantador y felices por siempre. ¡¡¡Cuek!!!, eso no existe. Dicen que nuestra infelicidad es solo culpa de nuestras madres, y creo que es verdad. Aquí les explico el por qué.
¡Todo es culpa de las madres! Que a los niños los criamos muy mamones, pollerudos o machistas; y a las niñitas muy sueltas, liberales o muy pavas. El tema es que pareciera que nunca le achuntamos. Pero como decía mi abuelita, que está en el cielo, todos los hijos son distintos, igual que los dedos de la mano, por ende es imposible tener una fórmula.
Como madres lo que sí podemos hacer, es un análisis de cómo estamos educando a nuestros hijos. Quizá nos daremos cuenta, por ejemplo, que lo único que estamos haciendo es criar niñas consentidas, con un bajo nivel de frustración, dándoles siempre todo lo que quieren. Y no nos percatamos de que hay que ayudarlas a crecer siendo más mujercitas, menos “quedadas”. Y lo digo porque yo también me considero una pelotuda gracias a mis padres, que me criaron creyendo en el príncipe azul (para mi mama debía ser rubio y de ojos azules), en el maldito castillo y en el “vivieron felices por siempre”… Hoy tengo 36, aún no conozco al príncipe –sí me he topado con un par de sapos verdes-, vivo en un departamento, y sí, soy feliz –a veces-, pero estoy muy lejos de ser una princesa. Y no creo ser la única a la que le pase lo mismo.
Chicas, necesitamos nuevas generaciones de mujeres, féminas autosuficientes, que no dependan económicamente de ningún pastel que les dé una mesada; niñas que sean valientes, corajudas, seguras de sí mismas, y que no se dejen pasar a llevar por nadie. Pero por sobre todo, nunca debemos mentirles. Para nosotras, sus mamás, ellas pueden ser nuestras reinas, nuestras princesas, las más lindas del mundo, del universo, pero como bien dije, para nosotras. Hay que ser realistas también. Si lo de ella no va por lo físico porque elegiste un papá enfermo de feo, podrás “arreglarla” un poquito, pero incentívale a explotar su mente, a destacar por sus capacidades, que de todas maneras, siempre debiese haber sido así.
Tenemos que motivar a nuestras hijas para que sean fuertes, no niñitas que andan llorando por todo, porque la amiga la miró feo, porque no la invitó a tal parte, porque el pololo quería salir solo con los amigos, porque no puede tener siempre lo que quiere. Además tanto llanto nos debilita, nos corre el maquillaje y ¡nos arruga!
Gracias a Dios Disney se pegó “la cachada” y está escribiendo cuentos y películas en las cuales el amor verdadero ya no tiene que ver con un príncipe, sino con una hermana, una bruja, o hasta con un animalito. ¡Era hora ya!
En el mundo entero ya no existen príncipes (¿alguna vez existieron?, me pregunto yo). ¡Y en Chile menos! Lo más parecido a una “vida de princesas” que puedes tener, es encontrarte un tipo con plata que te dé ciertos gustos, pero a la larga, lo único que hará es tratarte igualmente como plebeya, porque el tener plata los hace sentirse superiores. Así que por favor entiendan, nuestras hijas no son princesas ni lo serán nunca porque en pleno siglo XXI… ¡no existen las malditas princesa!
Chicas, no le caguemos la vida a nuestras hijas con falsas ilusiones. El amor también nos hace sufrir. Necesitamos una nueva generación de mujeres llenas de valores, con decisión, determinación, mujeres empoderadas. Y para ello hay que partir de la base de que… las princesas –si quedan un par perdidas en el mundo- son todas unas boludas…