Tiempo, ¿¡No que lo curabas todo!?

Imagina que el corazón es un vaso de cristal. Si lo agarras y lo tiras al suelo se rompe en mil pedazos, y por más veces que le pidas perdón, el vaso no volverá a ser el mismo. Se rompió y punto. Lo mismo pasa con el corazón, no hay pegamento que pueda volver a unir los trozos.

Dicen por ahí que el tiempo lo cura todo, que se encarga de volver a poner todo en su lugar, y que es capaz de sanar las heridas. Pero eso es solo una falsa ilusión, pues la pena no desaparece. Y así te encuentras un día descubriendo que el tiempo pasa, pero el dolor queda.

Creo firmemente que aunque transcurran mil años, el bendito tiempo no te ayudará a olvidar, pues aún cuando pasen los días, las semanas, los meses, bastará con escuchar una canción en la radio, pasar por algún lugar, encontrar una foto y volverás a rememorar todo aquello que creíste haber olvidado.

Porque el tiempo es solo eso, tiempo. Minutos que te angustian uno a uno volviéndose una agonía constante al intentar olvidar; horas en que lloras y te desahogas sin parar; eternas noches de desvelo, donde lo único que haces es darle mil y una vueltas a lo que sucedió; semanas colmadas de sufrimiento que no acaban más.

Las heridas cicatrizan sí, pero siempre que las veas y las sientas volverás a recordar porque está ahí, qué la causo, y cuánto dolió… aunque ya no sangre. Porque el maldito tiempo no cura.

Lo que sí creo, es que podemos decidir cómo vivir ese tiempo, cómo aprovecharlo y aprender de los errores. Pero para ello hay que tener mucha voluntad y querer avanzar, descubrir cómo no seguir pegadas al pasado y subirnos finalmente al tren de la vida, ese que avanza tan rápido. Pues en la negación no está la solución, solo la encontraremos cuando enfrentemos, asumamos lo que pasó, y decidamos finalmente comenzar un nuevo camino.

Por más que duela hay que dar vuelta la página y volver a empezar. No será fácil, pero es hora de ser felices; solo así, esa cicatriz será algún día la principal causa de ser hoy tan fuertes.