Los tuyos, los míos y los nuestros, ¿te animas?

El concepto de familia ha ido cambiando a medida que han pasado los años. Hoy las hay conformadas solo por una madre y sus hijos, otras por el padre y sus hijos, familias homoparentales, y grupos que se juntan y forman una gran familia: los tuyos y los míos. Esto sumado a que los divorcios son cada vez más frecuentes, y a que es naural que mujeres y hombres pretendan volver a emparejarse y tener a su vez a “los nuestros”.

Cuando comenzamos una relación con alguien que ya estuvo casado o tiene hijos de una pareja anterior, no solo tenemos que conocerlo a él, sino también a sus hijos. Esto sumado a que debemos asumir que siempre estará la ex pareja de él presente, por lo menos hasta que sean adultos.

A veces esto genera enredos bastantes grandes, porque además los niños tienen hermanos por parte del padre, por parte de la madre, por parte de la segunda pareja del padre o de la madre, medios hermanos y hermanastros. Pero para estas nuevas generaciones, esto es normal. De hecho, los niños adquieren madrastras que no se parecen en nada a las brujas de los cuentos de Disney, y padrastros a quienes aman, o quizás no, pero lo asumen como tal pues así es la vida de los rejuntados.

El tema en cuestión, es que el hecho de embarcarnos en esta nueva relación de amor, no garantiza que nos llevemos bien todos, que seamos amables unos con otros, que todos nos amemos, que nos encante la idea de ocuparnos de hijos ajenos, ni que seamos felices y estemos comiendo perdices. Es un escenario complejo, en donde hay que remar juntos para el mismo lado para lograr una convivencia (que ya es difícil entre los adultos), al menos, en paz.

Esta actual realidad hace que la pareja tenga que preocuparse de otros temas además de construir día a día la relación, y estos son tratar de crear un buen ambiente familiar, adaptarse los unos a los otros y respetar el tiempo necesario para acostumbrarse a esta situación. Además es nuestro deber establecer límites y reglas claras; definir los espacios y los roles; y no pretender ser padres de los hijos del otro, sino una persona en quien apoyarse, a quien recurrir.

Los adultos tenemos la obligación de cultivar el amor hacia los hijos que no son propios, si amas al padre o a la madre de ese pequeño, con el tiempo vas a amar a sus hijos, pues son parte de él o ella. Ya venía con “la mochila”, el combo era completo, y si nos enamoramos y asumimos esta aventura de ser una gran familia, debemos armarnos de paciencia y aceptarnos entre todos.

Si nuestro objetivo es ser felices, tener una buena relación, un hogar armónico, donde los niños aprendan a convivir, sean respetuosos y solidarios (ya sea con sus hermanos de sangre o de vida), y se sientan en su casa, debemos partir por hacerlo nosotros.

Ahora, si además queremos agrandar la familia, debemos aceptar y entender los celos que habrá por parte de alguno de los niños. El nacimiento de un nuevo integrante genera roces y diferencias en los más pequeños, y ahí debemos explicarles con mucha paciencia y amor que el hermanito(a) no llegó a quitarle el lugar a nadie, sino a completar la dicha de un hogar feliz; que los papás “nuevos”, están formando una gran familia, que es algo natural, propio de la nueva relación, y que es el proceso lógico de una pareja que se ama y quieren estrechar aún más los lazos con la descendencia.

Eso será lo más sano para los niños y para toda la familia. Más que mal, somos una gran familia… “los tuyos, los míos y los nuestros”.