Hasta nunca 2014, ¡bienvenido 2015!

Por FABIOLA GALLARDO VELO / @fabygallardo

A veces la vida nos pone obstáculos en el camino para demostrar cuan fuerte somos, y para ver como logramos salir adelante. Este año para mí ha sido particularmente difícil, y por muchas razones. Me he caído, y vuelto a levantar. Y puedo decir que lo logré, o al menos, lo estoy logrando. Porque a pesar de todo lo malo que ha pasado, soy una agradecida de la vida, porque, ¡pucha que he tocado fondo! Pero cuento con una familia increíble que está conmigo apoyándome al mil por ciento y con unas amigas que son mi círculo de hierro, y que pase lo que pase, no me dejarán caer, y eso debo agradecerlo, sobretodo este año.

El 2014 comencé como todos los años, con las pilas puestas, con energía, con ganas de concretar muchos proyectos; con metas, con ideales, y con muchos anhelos y sueños. Empecé con el pie derecho creyendo que éste sí sería mi año, que sí lograría esa felicidad que a veces se torna tan esquiva. Pero en el camino todo cambió. Y si bien mis problemas no fueron tan graves como los de otras personas, sí me rompieron el corazón y me demostraron que a veces, quien menos te lo esperas, puede llegar a convertirse de un momento al otro en un total desconocido; que las promesas se las lleva el viento, porque los actos son los únicos que valen; que quien realmente te quiere no te daña; y que la vida puede cambiar en un minuto.

Este año perdí a un amigo. Me lo arrebató la muerte sin previo aviso. Se fue un hombre bueno, un padre preocupado, un esposo enamorado, un ser humano incondicional, un hombre feliz. La vida se lo llevó de un minuto a otro, y tuvimos que aprender a vivir sin él y apoyar a su maravillosa mujer y sus tres hermosos hijos. Han pasado diez meses de aquello, y aún no hay consuelo para tanto dolor, pues lo seguimos recordando y lo seguimos extrañando. Yo por mi parte, sigo renegando y tratando de explicarme y entender sin encontrar respuestas al por qué se va la gente buena.

El legado de la partida de Alex fue la unión; su mensaje póstumo, que valoráramos la amistad y que vivieramos el día a día, porque no sabemos qué sucederá mañana. Hoy solo nos consuela sentir que él sigue aquí, que sigue presente en nosotros y que alguien que uno quiere solo se muere cuando se le olvida.

Perdí también a un hombre que me hizo creer en él. Un hombre que me llenó de falsas esperanzas y puras mentiras. Un hombre que fue capaz de elevarme al cielo y luego tirarme de bruces al suelo sin compasión. Un hombre que me construyó un castillo en el aire, me enamoró, a quien le entregué todo de mí, a cambio de un daño inconmesurable. Un hombre que pensé que me haría feliz. Un hombre al que le dediqué años de mi vida, pensando erróneamente que era mi otra mitad, mi alma gemela.

Pero nunca fue así. Me atrapó en su red de promesas y de palabras que se las llevó el viento. Me cautivó con su mundo de papel. Y fue capaz de destrozarme, de romperme el corazón en mil pedazos sin importarle. Me dejó sola cuando más lo necesitaba, y arrancó como un cobarde. Fue cruel, no pensó en mis sentimientos. Y así quedé, con años perdidos de mi vida amándolo y creyendo ciegamente en él. Y finalmente me di cuenta que solo fui un juego para él pues nunca le importé. Me dejó en el suelo y desapareció. Y entendí a la fuerza que quien te ama no te daña, y que él nunca me amó.

También perdí a una amiga, o mejor dicho, una persona que creía que era mi amiga. La perdí porque ella no fue capaz de ser valiente y enfrentar la verdad con la frente en alto. La perdí porque la lealtad es fundamental en una amistad, un principio invaluable, y ella no lo respetó. Ya no es mi amiga, y no es tema, pero entendí que no todos los que creemos que son amigos, merecen ese título. Pues un amigo no traiciona.

Perdí además al que creí por mucho tiempo un excelente padre, un ex marido con quién podía tener una relación en pro de nuestros hijos; un hombre correcto y con cordura. Creí ciegamente que era un hombre incapaz de dañar a nadie. Y por una estupidez se vino al suelo, hizo sufrir a muchos sin medir consecuencias y sin importarle más que su vida. Pero la gente es como es, no como uno quiere que sea. Y reconocí la verdad en ese dicho: conocerás al hombre con el que te casaste, el día que te separes o se meta con otra. ¡Y fue tal cual!

Este año también conocí lo que es la maldad. Entendí que hay gente maliciosa en este mundo, gente que daña a quien sea en su camino con tal de conseguir sus objetivos. Personas que no dejan ser feliz al de al lado y son capaces de miles de atrocidades sin medir consecuencias. Y quedé impactada. Aún no logro comprender cómo es posible que existan estos seres humandos, inescrupulosos, ambiciosos, sin valores ni principios, capaces de vender su alma al diablo con tal de lograr sus propósitos.

De verdad pensé que nunca me vería enfrentada a gente de esta calaña, y este año me pasó. Y entendí que a veces Dios le da sombrero a quien no tiene cabeza. Mi abuelo decía: “Me sentaré en la puerta de mi casa a ver pasar el cadáver de mi enemigo”, pero yo no soy rencorosa, no obstante creo que la vida se encargará de poner todo en su lugar, pues ésta es circular, y todo el mal, el daño que uno haga, tarde o temprano se devuelve, pues es aquí, en esta vida donde pagamos nuestros pecados.

Este año también vi sufrir a mi hija, la escuché llorar, y la acuné en mis brazos como cuando era una bebé. Sequé sus lagrimas de decepción, de dolor, de desesperanza, y la protegí de todo. Me transformé en una leona, sin dejar que nadie tocara a mi pequeña y su hermano, mis cachorros. Y le enseñé a ella que la vida nos pone piedras en el camino siempre, y que ésta no será ni la primera ni la última vez que la harán llorar, pero que siempre me tendrá a mí para levantarla y cuidarla.

Como pueden leer, me pasaron cosas malas y muy tristes; me decepcioné de mucha gente; eliminé de mi vida a personas que creí importantes y que pensé que me querían; sufrí, me arrastré de dolor; perdí la fe y la ilusión.

Pero aprendí. Hoy tengo una coraza, y solo me la quito frente a quienes realmente lo merecen. Pues la vida me enseñó a ser más selectiva, a elegir mejor; a no entregarme al cien por ciento a nadie; a no gritar tan fuerte mis alegrías pues la envidia es como una gripe y se contagia. Y aprendí quienes son realmente mis amigos, y que la familia siempre estará a mi lado, en las buenas, en las malas, y por sobre todo en las peores. Y me di cuenta que a pesar de todo soy valiente, y que no me daré por vencida tan fácilmente pues merezco ser feliz (y sé que lo seré).

Para este 2015 no tengo grandes expectativas, solo espero que mis hijos estén bien, que sigan siendo niños felices; seguir disfrutando de mi familia, de mis padres, de mis hermanos, de mis sobrinos, mis tíos; y poder seguir contando con mis amigos, con esa familia que me regaló la vida, mi OHANA (Ohana significa familia en el sentido más extenso de la palabra en hawaiano), un pilar fundamental este año.

Hoy agradezco profundamente a mis grandes amigas, en especial a las que nunca me abandonaron. Claudia, mi amiga del alma, gracias por tu apoyo incondicional y por estar conmigo 24/7 cuando más lo necesité; a Sandra por ser mi Pepe Grillo, mi confidente, y por su cariño infinito; a Ana Sol, por tirarse a mi lado en el suelo y llorar conmigo sin juzgarme; a Evelyn por transmitirme su fuerza y valentía y llenarme de energía; a María por sus consejos y su ausencia de filtro; y a mi hermana Gissella, por creerse mi mamá, y nunca abandonarme. Las amo con el alma porque fueron mi soporte, mi pilar, mi refugio, mi hogar, y me contuvieron en los tiempos más difíciles. Chicas ¡las quiero! Mil gracias por ser, por estar.

Y no me queda más que decir que, ¡bienvenido 2015! Y por favor, no seas como tu antecesor, trata de llenarnos de cosas buenas este año. ¡¡¡Feliz año nuevo a todas!!!