No se quien es Onur, Sherezade, ni menos Fatmagul, pero si me quedó claro que por algo cautivaron a nuestro país, y no fue solo por sus historias de amor, sino por los bellos paisajes que muestran a un país tan bello como Turquía y por la grandeza del espíritu de su gente.
Estambul, ciudad que alguna vez fue capital del Imperio Otomano, es simplemente alucinante. Es una ciudad única y especial, no solo por los miles de años de cultura sino por que es la única en el mundo situada en dos continentes. Por un lado la rodea el Mar Negro, y por el otro el Mar de Mármara, y con solo cruzar un puente podemos pasar de un continente a otro y sentir, y vivir lo que es un país multicultural.
Estambul es un lugar de contrastes inimaginables y de un bagaje histórico que se refleja en sus diferentes castillos y mezquitas repartidos por toda la ciudad. Además de la división entre el barrio moderno con edificios altísimos y la ciudad antigua con toda la parte histórica. Tiene más de 20 millones de habitantes, y su energía se siente al llegar al aeropuerto donde logras percibir la intensidad con la que se vive en este hermoso lugar turco.
La visita a la Mezquita Azul y al Palacio Santa Sophia es obligada, así como el Gran Bazar y el Palacio Topkapu, los cuales quedan todos relativamente cerca. El Gran Bazar es un lugar increíble, y comprar ahí es toda una experiencia. Al caminar se oyen las voces de quienes atienden en cada local tratando de adivinar tu país de origen, saludándote en el idioma que creen que hablas. Cuando ingresas su amabilidad se extiende. Te ofrecen té de manzana, té turco o café para tratar de capear el implacable frío invernal mientras compras. Yo me convertí en una adicta al té de manzana, y a los dulces que te ofrecen, y ojo, no aceptan un no por respuesta.
Dentro del bazar podemos encontrar incluso restaurantes. Mi plato favorito es Iskender Kebap, carne de cordero en una salsa de tomate, con pan pita y yogur. El yogur es parte fundamental de la gastronomía turca. Y si bien es un plato muy aliñado, me cautivó.
La estética de esta ciudad es bastante contrastante, y aunque el occidente se ha tomado la cultura, el este aún predomina sobre sus costumbres. Podemos ver mujeres tapando su pelo con pañuelos como lo exige la religión musulmana. Lo increíble de todo es que la gran mayoría de las que usan Burka, vestidas de negro y que solo muestran sus ojos, no son turcas, sino que pertenecen a los países árabes, y son turistas.
La mezquita es el lugar de oración para los musulmanes, quienes van cinco veces al día a orar ante Allah en dirección a la Meca (ciudad sagrada). A las mezquitas es permitido entrar pero sin zapatos y las mujeres deben estar con las piernas, los hombros y la cabeza cubiertas. Hombres y mujeres rezan separados. Algunas de estas mezquitas tienen tesoros antiquísimos que deslumbran al entrar.
Los turcos son cultos y muy amables, y me sorprendió gratamente ver el amor que tienen por su cultura. Los jóvenes suelen reunirse en bares típicos a tomar raki, el licor típico de allí que es como una especie de aguardiente, mientras degustan su comida típica, y oyen canciones ancestrales. Los más occidentales van a discotheques donde pueden escuchar desde Daddy Yanky hasta la música electrónica de moda.
Son realmente encantadores, te tratan dulcemente, con respeto y con cariño. Tienen la hermosa costumbre de desearle a todos el bien, te agradecen por todo, sonríen siempre y son agradecidos de la vida. No te tratan por lo que tienes, sino que ellos dicen que a través de los ojos ven el alma de cada persona. Y esto para las mujeres: chicas, los hombres en su mayoría ¡son guapísimos!; con rasgos masculinos bien marcados, y conquistadores por naturaleza.
Estambul enamora a cualquiera, te llena el corazón de alegría, y el alma de fe, de esperanza; te enseña a valorar otras cosas. Si algún día tienes la oportunidad de ir, hazlo, te lo recomiendo absolutamente. Yo volví cautivada de este lugar tan asombroso (y eso que ni vi las teleseries que transmitieron acá).